viernes, 14 de marzo de 2014

El Espejo





Ilustración por Ana Oyanadel

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Mojó su rostro con agua fría. La nieve, que caía incesante allá afuera, ayudaba a que su cuerpo se entumeciera. John sintió como cada uno de los vellos de sus brazos se erizaban. Tomó entonces una de las muchas toallas que había en uno de los tantos tocadores de aquella mansión, y se la llevó a la cara. ¿Realmente iba a hacer lo que el señor Letter pedía? Sin darse cuenta, la toalla cayó pesada al suelo —fina baldosa de un gris oscuro, que parecía un gran diamante encerado—. Se puso de pie y vio su rostro en el espejo: parecía más demacrado que de costumbre. Más blanco que ayer, más frío que el mes anterior. Sus ojeras cansadas eran como la punta de dos cucharas derretidas. Los labios delgados estaban agrietados, rojos como la sangre de una inofensiva criatura recién nacida.

Tuvo esa sensación única de que alguien más lo miraba tras su reflejo. ¿Acaso era él mismo? «No importa» concluyó. Ya tenía puesto el delantal blanco y se acomodaba los guantes de goma. Suspiró, y se dirigió a la puerta, tras la cual esperaba Donald Letter.

Había otro hombre allí; el criado; quien había dedicado la mayor parte de su vida a los servicios del señor Letter —según había oído antes en las cercanías por los lugareños. La primera vez que había entrado a la mansión, hacía ya una semana, notó que el criado —siempre vestido de un traje de completo negro y corbatín— lo vigilaba con la mirada. No había conversación entre ellos dos salvo cuando John llegaba, en su Fleetwoon gris del cuarenta y uno: lo único que John realmente se había animado a comprar para él mismo. El resto era todo para su esposa Irene y su pequeño hijo, Johnny. Los colegas a veces le hacían bromas en el hospital sobre el antiguo Fleet. Pero él se sentía, en cierta forma, identificado con el coche, pues también tenía cuarenta y un años. 

Ahora que tenía a Donald Letter ante sus ojos, acostado en una camilla de patas de acero y soporte metálico, por alguna razón John recordó su coche. Lo imaginó en el inmenso jardín sin techo, aguantando cada uno de los gruesos copos de nieve cayéndole encima. Comparó la barba blanca de Letter con el paisaje de afuera. Era probable que no fuera, siquiera, parecida. La de su paciente resultaba aún más pálida; como la leche.

El doctor John Ridell inició el trayecto hacia el cuerpo del anciano, hacia la cirugía que había aceptado realizar, pese a que nunca antes algo como lo que estaba a punto de realizar había sido siquiera considerado por la medicina moderna.






II
Sus manos sudaban bajo los guantes de goma. Se sentía intimidado por el interior de la mansión. Era como si lo estuvieran presionando cada vez que visitaba el lugar. Sin embargo, eso no ocurría cuando salía de su propia casa, o del trabajo. Únicamente pasaba cuando emprendía camino hacia la mansión en la que ya se encontraba.

—Espero que se sienta cómodo, doctor— decía el anciano con voz desgastada y de tono grave, pero que, a su vez, resultaba clara.

«¿Cuántos años tendrá?» Calculaba que unos ochenta, quizá noventa… el hombre tenía aquella edad límite en que los rasgos de la vejez eran fáciles de confundir entre décadas. Lo compadecía. Pero también lo respetaba por su dinero.

—Gracias —respondió John, con repentina desconfianza, pero la disimuló hasta donde le fue posible.

Cuando estrechó su mano tuvo la sensación de apretar una pasa de uva congelada. Luego se sentó en un cómodo sofá de cuero marrón oscuro. Fue entonces que tuvo tiempo para observar mejor el lugar. Era una enorme casa con un techo en forma ovalada. Hacia arriba, las terminaciones se alejaban cada vez más del piso cerámico y los muros estaban construidos de algún material viejo que no pudo identificar. En el muro más alto y ancho, el que terminaba en una puerta con grabados a mano, se lucía un retrato al óleo. Era un cuadro dantesco de Donald Letter, de un pasado cuando su cabello aún poseía un vigoroso color negro. Hacia la izquierda de donde estaba sentado, John vio un pasillo con varias puertas que se perdían ante la débil luz de las velas. Eran más de las que él hubiera necesitado para sentirse a gusto con su familia. En dirección al fondo se ubicaba la cocina, donde se encontraba el criado —quien preparaba algo— y, hacia la derecha, una enorme sombra que no permitía ver más allá. Pensó en preguntar por qué no se encendían velas o alguna cerilla para aquella oscuridad. Supuso que existía otro pasillo como el de la izquierda, sólo que no se necesitaban más habitaciones para dormir. John sonrió entonces, irónico, para sí mismo. El anciano lo notó y también sonrió. «¿Supo lo que acabo de pensar?»

Aquel primer día, John Ridell no se sorprendió de nada excepto por el inmenso terreno que debía ocupar la mansión Letter, y por lo que sucedía llegada la noche…

La temperatura cambiaba sin demoras y el tiempo parecía detenerse. Era posible sentir como los pies se congelaban en el suelo y, de alguna forma, el frío quemaba la suela de los zapatos. No existía ruido alguno ahí dentro, excepto su voz, la de Letter y su criado.

Esa noche John se despidió; volviendo a sentir que estrechaba aquella pasa con su mano. Sólo que esta vez sintió algo mucho más frío al tacto: ahora quemaba. Por una razón —que no terminó de entender—, apuró el paso sin mirar atrás. Quiso salir rápido. Cuando el criado abrió la puerta de salida John descubrió que afuera existía un sol radiante, y un calor veraniego. Se quedó extrañado, y se iba a girar para preguntar al hombre qué es lo que ocurría. Pero oyó que cerraban la gran puerta a sus espaldas. No había mansión. Había desaparecido. Estaba parado en las afueras de lo que fuese la casa Letter. El suelo era deforme, y sólo existía tierra que se elevaba a ratos con la suave brisa del momento. Sólo un cartel imponía su presencia:



SE VENDE ESTA PROPIEDAD
BILL GARCÍA



III
Estuvo quieto. No entendía qué había pasado. Pestañó varias veces para, de esa forma, ver si descubría la verdad —o la realidad. ¿Era un sueño? El corazón le aceleraba, como si quisiera arrancársele del pecho y continuar su paso de forma independiente. Su respiración se volvió torpe y, sin comprender, comenzó a correr. Tuvo la sensación de que la noche llegaba apresurada otra vez. Fue capaz de contar los segundos antes de que el sol desapareciese de Arkham y la luna se posase detrás de nubes gruesas y grises.

Estaba lejos, pero un frío resucitado lo alcanzaba, acechándolo. Miró hacia atrás: una enorme figura de hielo avanzaba en dirección a él. Sus oídos se taponaron por completo. Entró en desesperación y no se detuvo de correr hasta que acabó exhausto. Pero entonces una segunda forma de hielo se alzó de frente, y lo devoró. 

Estaba otra vez frente a Donald Letter, quien lo miraba directo a los ojos. Tardó en comprender que había sufrido una confusa pesadilla. 

—Está despierto —dijo la voz grave—. Ha estado dormido varias horas. No quise interrumpir su descanso. 



IV
Bill despertó en medio de la oscuridad, casi ahogado. Se encontró sentado, el cuerpo le sudaba. Con los dedos tanteó un cable y lo siguió en dirección hacia arriba, hasta dar con el botón de encendido de su lámpara. El cuarto se iluminó lentamente. Entonces sintió su entrepierna húmeda. Se había orinado. «Otra pesadilla de mierda» bufó, quejándose, y empuñó sus dedos para toser. Tomó el periódico que dejaba siempre al lado del velador. Tenía pocas costumbres, y esa era una de ellas.

London Observer

4 de noviembre de 2013



V
John le pidió al criado que volviera a anudar su delantal, pues lo sentía suelto. Y mientras lo hacía, creyó percibir el desapruebo del aquel hombre para lo que él realizaba. Aunque no dijo nada.

—¿Es eso normal? —preguntó el hombre, que era dueño de una gordura visible, sin embargo iba bien vestido. John siempre recordaría que usaba un perfume con un intenso olor a menta. También descubrió en él una expresión de repugnancia.

—Sí —respondió, al tiempo que, con cuidado, tomaba una masa gris y arrugada—: como un balón de soccer, pero deforme—. Y la trasladaba para depositarla en una bandeja metálica. Esta hacía reflejos de colores en el techo apagado.

—Pero, ¿cómo puede ser eso el cerebro del señor Letter —el criado apuntaba con el dedo a un lado, mas su vista estaba dirigida en sentido opuesto— y seguir respirando su cuerpo, aquí? —John estaba cabizbajo. Miraba la pequeña sierra eléctrica con la que hacía pocos minutos hubiera abierto el cráneo de su paciente. El criado tenía razón: el pecho del señor Letter mantenía un constante ritmo para tomar aire; como un ser humano que se aferra a la vida. Pero para John resultaba parte del procedimiento.

—¿Cuál es su nombre? —Quiso saber el doctor.

—Bill, señor. —La respuesta no tardó en llegar.

John hizo un gesto de aprobación y, por primera vez, le sonrió. Pero en el fondo era una falsa sonrisa.

—¿Ve esos tubos, Bill?

—Sí.

—Pues esos tubos son la única cosa que mantienen a su señor vivo. Nadie lo creería, y es probable que usted tampoco, pero esta cirugía no será posible hasta dentro de, al menos, treinta años.

—¿Entonces cómo es que está realizando la operación?

—No lo hago —John hizo entender al criado que Donald Letter pretendía mantener todo el procedimiento de forma privada. Pero el dinero era capaz de conseguirlo todo. Hasta el mismo silencio y la fe de otros.

Bill recorrió con su mirada la extensión de los tubos. No podía ser posible.

—Dígame, ¿siempre hace tanto frío en éste lugar? —John tomaba la masa gris ausente de delicadeza, y la movía de un lado hacia otro, como quien busca alguna deformidad. Bill se llevó las manos al cuello, tratando de contener su repugnancia. Respondió la pregunta con una negación.

—Entonces tenía razón, sólo pasa de noche —el doctor hizo una pequeña incisión y extrajo un pedazo de masa cerebral—, ¿no es así, Bill?

Éste, con esfuerzo, tragó lo que sea que se le había subido al tope de su garganta y lo tragó. Un mareo repentino recorrió todo su cuerpo, pero aun así pudo volver a hablar:

—¿Qué fue lo que lo que ha quitado de ahí, doctor?

—¿Quitar de dónde? ¿Del cerebro?

El criado asintió al momento que John volvió a alzar otro pedazo, esta vez más grande, de tejido que caía lento sobre un plato.

—El cerebro está lleno de impurezas, señor Bill, y más en una persona que padece de cáncer.

El hombre obeso miró fijo al doctor. De todos los años que hubo servido para Letter jamás se enteró de que sufriera algo así de terrible. ¿Qué era lo que sentía ahora mismo? ¿Quizás, eran celos porque hubiera otro hombre aparte de él, en la mansión? Desde que tenía quince años había descubierto en sí una homosexualidad. Sin embargo, ahora sí quería ser amado por Donald Letter. Pero ¿cómo? ¿Y si la cirugía no tenía éxito? El pobre hombre estaba separado entre su cuerpo y su cerebro. Sólo lo unían tres gruesos y largos cables… y aquel doctor. Concluyó que, a costa de lo que fuera, Donald Letter decía permanecer vivo.

Sin decir nada, Bill se encaminó hacia la oscuridad que John Ridell no conocía hasta ahora; aquel pasillo negro.

—Se va hacia ese lugar —Dijo el doctor.

—Se va —respondió el señor Letter, que permanecía consciente pese a haber sido despojado de su principal órgano conductor; su cráneo vacío continuaba recibiendo los impulsos necesarios para poder continuar hablando casi de forma normal—. Ahora es su turno.



VI
El frío estaba presente otra vez, rodeando a John. Los guantes se habían adherido a sus manos, pero esta vez dolía. No era el sudor, sino el frío lo que unía su piel a la goma. Le costaba trabajo realizar movimientos con sus dedos. Se limitó a cerrar sus ojos, y suspiró.

El paciente ya no hablaba ahora mismo, quizás estaba inconsciente. John sabía que si volvía a correr como la vez anterior sería alcanzado y la pesadilla volvería. El Hielo volvería. Pero, abrió los ojos y descubrió que estaba rodeado por dos pilares de hielo gruesos y altos. Formaban un círculo con él, el señor Letter y los instrumentos juntos. Notó que dentro de cada uno de los hielos habitaban formas humanas. Y el hielo comenzaba ya a derretirse.

—Ahora va a terminar su trabajo, señor Ridell. —Era la voz de Bill, el criado, pero no podía verlo. El retumbar llegaba de cualquier lado, de todos lados— Y va a terminarlo pronto, porque no quiere esperar a que ellos salgan del hielo.



VII
Bill despertó de una pesadilla. No sabía qué hora era, pero el sol aún no aparecía. Quizás era de madrugada, quizás de noche. Encendió la lámpara y la luz pestañó: un rostro enorme se dibujó en una de las paredes donde se encontraba. Allí, estaba dibujada una cara que le resultaba familiar.

Se puso de pie y encendió la luz del cuarto. Se miró el pantalón: «meado otra vez» ¿Cuántas veces había despertado así? Ya no podía llevar una cuenta exacta. Estaba viejo. La vida le había enseñado que su pene, en juventud, había servido para placeres; pero ahora era una llave de agua que siempre estaba abierta. Se había vuelto viejo, pese a todas las molestias invertidas.

Tomó el periódico.

London Observer
Hoy, 5 de noviembre de 2013



VIII
Hubo un tiempo en que pensó que podía controlar la oscuridad para transformarla en miedo con quien quisiera, provocando una paranoia irresistible. A ratos, se sentía cercano a todo cuanto las personas corrientes no eran capaces de ver, donde los demás creían oír cosas, pero —en realidad— no era más que los muebles de cada casa, crujiendo como animales hambrientos.

Desde que se hubo alejado de su hijo, desde que su antigua casa fue demolida, fue entonces que comenzó, él mismo, a temer a la noche. Incluso temía a las sombras. El resultado fue una enuresis nocturna severa. Pero lo que lamentaba era el no poder dormir. Tanto como se teme a la muerte misma.

Ahora vivía solo y con sus dolores. Sus fracasos y miedos se reducían al lamento de su virilidad.



IX
Las placas hielo dejaron de lucir espléndidas. A los pies de éstas, un charco de agua se formaba a medida que pasaba el tiempo.

John recordaba el trato que había acordado con Letter. Le extraería el cáncer y el recuerdo. Y para eso debía separar la cabeza de su cuerpo. El detalle fue que no supo hasta el último momento que El Millonario de Arkham se refería a que quería que el cerebro estuviera separado de su cuerpo físico. La idea siempre fue del paciente. Pero el doctor desconocía los fines.

Comprendió que ya no podía mantener la calma. ¿Cuántas veces le había sucedido algo así? Un par de veces, quizás, cuando joven y todavía estaba en residencia. En sus primeras intervenciones sí vivió el terror y la inseguridad que ahora volvía a experimentar. La diferencia es que en este momento tenía dos monstruos, dos enormes hielos con formas humanas frente a sí. Y no hacían nada, sólo miraban, y así presionaban.

Una de las placas se quebró en su parte más alta. Se oyó una voz desgarrada, pero John no entendió lo que decía. Eran gritos imposibles ante sus oídos, y estaba aterrado. Tuvo un acto reflejo que le llevó a golpear una bolsa de guantes y otras cuantas toallas.

—¡Hijoputa! ¡Hijoputa! ¡Hij…! —se repetía a cada momento.

Unas manos de piel negra, y de largos vellos, se asomaron por el hielo. Eran sólo dos manos, pero resultaban enormes. «Están encorvados» pensó. Imaginó que, si se erguían, de un salto alcanzarían la altura del techo de la mansión.

—¡Bill! ¡Venga aquí!

El criado miró desconfiado a John, haciendo una mueca.

—¿Cree que soy estúpido, Ridell? Termine su trabajo pronto, o el hielo acabará con su vida.

Entonces John se apartó de la mesa de operaciones.

—¿Qué hace? —dijo Bill.

—Si yo muero nadie podrá hacer nada por el señor Letter, ¿no es así? Si no quiere que muera, venga ahora.

Sólo entonces el criado volvió a acercarse a John, para que pudiera finalizar lo que le había pedido. 

—Suture aquí.



X
Londres, 13 de noviembre de 2013

Decidió no apagar la luz esa noche. La había intentado otras veces, pero el resultado era el mismo. La idéntica pesadilla, el mismo momento y el espantoso silencio. En medio de la madrugada siempre estaba con los ojos abiertos. Algunas noches, se cuestionaba si era una pérdida de tiempo el tener la mirada atenta allí, donde nada puede verse, en la nada. Sonrió, quizás, para engañarse a sí mismo como si hoy no fuese a pasar nada, después de tantos años.

Sólo usó una manta. Prefería tener los pies congelados porque se sentía cercano al pasado. Ya no sentía dolor cuando el frío lo alcanzaba, sino un culpable placer. ¿Qué era esta sensación tan única que lo rodeaba? 

Había tomado ya varias pastillas para dormir. Quería engañar el sueño. Dejar que la droga hiciera lo suyo, pero él se resistiría al mareo y permanecería despierta, tragando el vértigo, como fuera. Esnifó una línea de coca y se sacudió la nariz. Se sentía lo suficientemente despierto. Bebió de la botella de whisky añejo que estaba a un lado de la cómoda.

De pronto, el techo blanco lo miraba. Los ojos de Bill se abrieron, amarillentos, hinchados. Notó que la habitación comenzaba a dar vueltas, lento, en torno a él. «La cama levita». El ruido del mundo desapareció, sus oídos estaban taponados. Bill recordaba su juventud, cuando se sumergía al mar. El sonido de la nada era parecido. Al fin, estaba sucediendo y esta vez frente a sus ojos. Entonces, estiró sus manos hasta llegar a la lámpara, y quiso quedarse a oscuras. Cuando apretó el botón de apagado sintió que caía al suelo bruscamente. De un golpe pudo volver a oír, y sus manos volvieron a estar relajadas. Su entrepierna no estaba húmeda. Se alegró.

Si le hubieran preguntado cuánto tiempo estuvo con aquel mal cada noche, no hubiera podido responder. El sentirse libre del miedo era el anhelo desde siempre. Ahora lo tenía y ya no necesitaba beber café por el día cada vez que lo recordaba. No necesitaba mirar a las personas a los ojos en busca de respuestas, como si estuviera viviendo en un mundo impuesto por alguien más. Todo era un plan macabro, con él en medio de todo. Pero no. Ahora era libre. Libre de sí mismo.

Permaneció quieto durante un rato y le sobrevino el sueño. No quiso dormir; pese a todo quería terminar de beber el poco alcohol que le quedaba. Se puso de pie y se llevó la botella consigo. Estaba parado frente a la ventana que daba hacia el Big Ben. Se relajó y bostezó. Entonces bebió directo de la botella. Pudo distinguir su reflejo en el vidrio y sonrió. Abrió su mano, como jugando con el reflejo de esta, y volvió a sonreír. Se llevó el dedo índice apuntándose a él mismo y el reflejo copió el gesto. Otra sonrisa y su yo le devolvió la broma. Entonces se puso de perfil, pero se vio más delgado. No era la copia exacta. Pudo oír unos truenos mientras seguía comparando sus formas. La lluvia parecía castigar el techo de su habitación. Lo ignoró. Sintió el calor de una luz blanca que parpadeó y lo cegó mientras duró. Entonces, se enjugó los ojos y se miró al reflejo de la ventana: ya no estaba.

La luz de la lámpara parpadeó también, pero fue como si hubiera decidido —tras unos segundos— quedarse apagada. Bill se acercó a ella lentamente, cuidando cada uno de sus pasos. Esa noche no tenía miedo, así que no dudó y continuó decidido a volver a encender la lámpara. Cuando sintió el clic del botón, una mano fría sostuvo la suya. Reaccionó rápido y, con fuerza, encendió la luz. Una cara estaba a pocos centímetros de la suya. Lo miraba sonriente.

—Hijo…

—Yo —dijo la voz del rostro, y lo tomó por la garganta.

El tono de voz de su fallecido hijo lo último que escuchó. Pero, antes de morir, tuvo tiempo para recordar…




XI
1949

¿Qué día era? ¿Qué mes? ¿Era de noche? Estaba oscuro en todas partes, menos en la sala de operaciones donde estaba John, Bill, el señor Letter y los dos entes que ahora se había convertido en formas humanas.

John ya no daba importancia al paso del tiempo. Esperaba que ocurriese lo que le habían dicho. Ahora, Bill García estaba junto a él, ayudándolo. O eso era lo que el criado pensaba. 

—¿Ya sabe Letter que usted lo ama? —preguntó John. El hombre lo miró de reojo y luego miró el cerebro que seguía en la bandeja metálica. Sus ojos no pudieron ocultar una profunda tristeza.

—Lo sabe —reconoció—. Pero lo detesta, pues soy su hijo.

El doctor tragó saliva. No estaba enterado de aquello. Pero, ya varios días antes había aceptado el trato que le había ofrecido Donald Letter. No quiso decir nada respecto a eso, pero Bill continuó:

—No es mi sexualidad lo que detesta, ni que lo ame como hombre, sino el miedo a lo que pueda yo hacer con la oscuridad —levantó la mirada hacia él—. Pero eso usted ya lo sabe.

John señaló en dirección a los pilares, ya casi derretidos por completo.

—Sí —respondió el criado, adivinando la duda—. Y hoy me tiene a sus servicios para recordarme que nunca estaré a su altura. Cambió mi nombre y mi apellido.

—¿Entonces cuál es su verdadero nombre?

—La verdad ya no lo recuerdo, pero sé que fui feliz cuando niño. Hoy no.

A John, la idea de que Bill García fuese hijo de Donald Letter le parecía creíble. Adivinaba saber el por qué tenía ese apellido. Entonces cerró los ojos, agachó la cabeza y alejó las manos de la mesa. Tomó una profunda bocanada de aire.

—García es el apellido de la esposa del señor Letter; es el apellido de su difunta madre. Supongo que si se quedó con ese apellido para usted, es por la enferma idea de recordarla cada vez que mira a su primogénito.

—¿Cómo sabe de mi madre? —Bill se alarmó.

—¡Porque él me lo dijo! —John apuntó al cuerpo sin cerebro del anciano y, acto seguido, tomó una pequeña navaja y la enterró sin escrúpulos en el pecho del criado. Una y otra vez, hasta cansarse. 

Esa noche John lloró, pero eso no le trajo de vuelta el recuerdo del día. Tras haber asesinado a Bill García, que ahí —tirado en el suelo— parecía más que nunca un joven muchacho, también podía ver los dos cuerpos enormes que se extinguían junto al hielo y la oscuridad invocada. Sus voces y gritos desesperados desaparecieron. 

Al fin, el momento había llegado.

El doctor John Ridell procedió a abrir el cráneo del cadáver que tenía ante sí. Mientras realizaba la segunda parte de esta cirugía, no se guardó los sentimientos y maldecía directamente a Donald Letter.

Tras muchas horas de intervención, realizó el trasplante.

—Espero que con esto pueda dormir por las noches y considere mi parte del trato saldada —dijo John, después de varios días; cuando la recuperación de su paciente casi había concluido.

—Un trato es un trato —reconoció sonriente, un renovado Donald Letter.

Pero el millonario de Arkham se tocó la cabeza, como si aún estuviese sufriendo de algún dolor. Se incorporó para levantarse.

—Es normal —apuntó el doctor, antes de que el viejo dijese nada. Éste lo miró de reojo.

—Sí, lo sé. Es sólo que no puedo dormir por las noches, doctor.

John caminó hacia el pasillo por el cual nunca antes se había atrevido. Aquel pasaje oscuro, tenebroso y desconocido. Avanzó hasta llegar al final. Allí había una ventana con terminaciones sucias, que apenas dejaban observar su reflejo. Su paciente lo acompañaba.

—¿Estará bien sin mí, señor Letter?

—No se preocupe. Venderé esta casa a nombre de mi hijo. Es una manera de agradecer su afecto; cosa que me acompañará cada día de mi nueva vida.

—Con todo respeto, señor, la culpa es la que nos acompaña de noche, no el afecto.

El viejo sonrió.

—¿Qué tiene pensado hacer de aquí en adelante, Ridell?

John lo miró, como si no hubiese estado esperando esa respuesta. Se encogió de hombros.

—No lo sé. Quizás un día de estos me una al cuerpo de policía. Un buen amigo mío me ha ofrecido trabajo en el departamento forense.

Fue la última vez que John Ridell visitó la Mansión de Arkham. Y, mientras se alejaba, tuvo la sensación de que se quedaría él también con eterna culpa. Pero no tuvo miedo y se giró para mirar, como en sus sueños, el cartel de la propiedad.



*****



Era diciembre de 1949 cuando la impaciencia nubló los ánimos de Donald Letter. De alguna forma, había resultado todo como esperaba. Su piel había rejuvenecido y los cabellos blancos desaparecieron de la cabeza. Ya no tenía que caminar con la mirada gacha, ni quejarse de dolores de espalda.

Una de esas noches decidió abandonar el lugar en el que había vivido desde que recordaba. Quiso dejar en el olvido a su fallecida amada y, también, a su hijo enamorado, que ahora vivía en cada pensamiento suyo.

Puso en venta su propiedad con el nombre de Bill García. Desde entonces comenzó a vivir de nuevo, con aquel nombre, y continuó realizando nuevos —aunque arriesgados— avances científicos junto a otros reputados nombres del viejo continente; sus experimentos con el ser humano no conocieron límites. 

Donald Letter había desaparecido, así como la mansión. 

Jamás volvió a dormir tranquilo.


FIN

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