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sábado, 5 de diciembre de 2015

Memorias en Wattpad

Desde hace un par de días comencé a subir una novela a Wattpad, plataforma de la cual me referiré más adelante. Como tiene un poco de todo, no me atrevo a clasificarla en un género. Es todo y es nada.

Memorias viene a ser el resultado final de un proyecto que en un comienzo iba a ser una novela gráfica en colaboración con el poeta Héctor Cabaña y la ilustradora Ana Oyanadel. En mi cabeza confundida la historia está terminada desde hace muchos meses, por lo que sólo es trabajo de redacción y posterior edición. Me ha sorprendido, lo digo con total franqueza, la cantidad de votos y comentarios que he recibido. Y no sólo en Memorias, sino también en las otras obras que me he decidido por compartir. 

Esta entrada viene a ser la excusa, en parte, para ver cómo se ve el gadget de Wattpad en Blogger. Sólo den click para ir directo a la novela; la idea es un capítulo por semana pero es posible que no siempre pueda cumplir en ésto, por lo que es una idea más bien peligrosa. O no tan peligrosa en sí, sino más bien una idea mentirosa.



miércoles, 19 de agosto de 2015

Disclaimer - Parte 1

El corazón me latía a mil por hora en la oscuridad. Había despertado con un humor de los mil demonios; como nunca, hubiese golpeado al hombre que tuviera enfrente sin darle un motivo. Encendí la luz y me destapé. Estaba completamente desnuda, pero era una de las tantas formas distintas que solía buscar para ver si así dormía. Me abrigué con lo que encontré y fui a la cocina. Llené el hervidor con agua y lo puse a hervir. Tantas veces he mirado con las luces del living de esta sucucho, mirando por la cortina entreabierta, escondida del universo, que hoy es un hábito. Traje todo lo que pensé que podía serme útil para escribir estas palabras, esta misma es una PDA modificada que tiene un código de encriptamiento automático tras finalizar cada documento, una taza de café hirviendo, tres cigarros de hace ya más de una semana, un cenicero e inciensos. Fui al patio también, prendí las luces, pero no recuerdo la razón de esto. Últimamente he comenzado a olvidar capítulos del día a día. La doctora Patterson dice que es un efecto secundario de la droga que nos meten, una inofensiva amnesia de breve plazo; intento no dar importancia a esa mierda. Me quejaría menos de no despertar con éstos dolores de cabeza. Pero lo que no he olvidado, lo que tiene mi alma llena de ira –si aún me queda alma- es la razón por la que desperté hoy. Precisamente hoy.

Los sobrevivientes de la guerrilla veníamos viajando en un pequeño, pero efectivo, vehículo que servía para extracciones de carácter urgente. A mi lado, estaba mi hermano, Ernesto, herido (pero consciente), cuatro soldados muertos y tres heridos. Finalmente subió el joven nuevo capitán. Era alto, de gestos demasiado calculados y memorizados. Había nacido para liderar, y todos habían nacido para confiar en él, pero yo tenía mis dudas. A veces, en la intimidad de mi memoria, dadas algunas circunstancias, yo hubiese podido ser mejor que él. Hubiese podido ser un poco más lo que Carlos quería de mí realmente.

sábado, 1 de agosto de 2015

Anita

Me dijeron que pasara. Era un departamento pequeño en un primer piso. Estaba mi cuñada y su hermanastro, mi propio hermano, el dueño del departamento y un conocido suyo. Pensé que estaban fumando marihuana como siempre, pero no; estaban secando la coca. No puedo olvidar los ojos desorbitados de Juan Cristóbal, el dueño de casa, y su amigo Pablo. Eran ojos desorbitados, sí, pero a la vez las tres o cuatro bolsas blancas los mantenían hipnotizados en la danza de la perdición. Nadie hablaba, todos miramos como el hermanastro de Carolina realizaba el proceso. Hasta entonces, nunca estuve tan cerca del tráfico de drogas, y pese a que sabía que se llevaría a cabo la reunión no pude sentirme cómodo. No contuve las ganas y subí al segundo piso. Golpee la puerta tres veces y advertí que era yo. Anita dijo que pasara. Justamente estaba jalando una de las tres rayas que tenía en el soporte de su velador.

—No pensé que llegarías tan temprano —dijo, al tiempo que se quitaba los restos de polvo con el dorso de su mano derecha.

—Ni yo. Quise ver cómo está mi hermano. Me preocupa.

Ella sonrió. Después de lo de hoy ya no tendremos que preocuparnos nunca más, afirmó. Pero yo no estaba tan seguro. Mi hermano tenía trece y yo apenas quince años. Ella era bastante mayor que yo, pero de cuando en cuando dejaba sus vicios de lado para centrar su atención en mí. Me gustaba que me masturbara, que besara mi pene con dulzura, que me mojara con su lengua experta. Pero ahora solo me saludó, dijo que cerrara la puerta. Mientras iba por la segunda raya, dijo que pusiera cualquier canción de Tool. No los conozco, reconocí.

—Búscalos en mi carpeta de música sin definir.

Sonaban bien. Tenían una cosa depresiva, un letargo complicado de describir, una atmósfera parecida a la que me encontraba ahora. Quería que Anita terminase pronto para ver si esta vez tendría sexo conmigo y yo dejaría de ser virgen. Todos mis compañeros de sala hablaban de que pasaron de la paja y ahora culeaban en abundancia; cuando me preguntaban a mí, inventaba mentiras no demasiado grandes, cosa que la mentira estuviera oculta y fuese lo suficientemente creíble. Pero, al ser chico promedio, nunca les importó demasiado y preguntaban al del lado. También hablaban de que algunos no hacían educación física para ir a ver a las mujeres del curso al gimnasio y, después de un rato, competían en el baño para saber quién escupía primero.

Pero yo tenía a la Anita. La tenía drogada y con música desconocida para mí. Solo quedaba esperar y ver los resultados. Generalmente me sentaba a un lado suyo, fingiendo leer el diario comunista que ella compraba todos los domingos, pero —en el fondo— la miraba cuanto me era posible. Su cabello era larguísimo, lo traía tomado pues de otro modo le taparía las nalgas. Sin su forma suelta, despreocupada de vestir, cualquiera diría que parecía una monja pecadora de mil males. La tercera raya desapareció justo cuando comenzó a cantar Silvio Rodríguez. A éste sí lo conocía porque aprendí a tocar guitarra con él, pero solo pensaba en, si ahora sí, era mi hora de dejar de ser virgen. Pero pasó lo mismo de siempre: solo me dijo que no dijera una palabra o no haría nada. Se arrodilló entre mis muslos, que ella abrió a su comodidad, y comenzó a chupar mi pene. Lo tocaba con dulzura y movía el forro de arriba abajo, haciendo desaparecer la cabeza una y otra vez. Yo me estremecía y ella sonreía con sus ojos desorbitados. En ese momento, desenvolvió una pequeña bolsita y el polvo lo depositó en mi glande. Entonces se tragó mi pene, sujetando mis nalgas con fuerza y empujando mi pelvis hacia ella. Tomé su cabello sin fin y comencé a jalonear su cabeza. Entonces acabé. Demoré más que siempre. Anita me dijo que bajara a buscarle un poco más, lo hice. Pero Carolina dijo que era la última de hoy. Le dije el recado a Anita. Me exigió la bolsita y me ordenó que cerrara la puerta. Esta vez por fuera.

Al día siguiente, cuando se llenó de policías en la población, supe que mis aventuras se acabaron. Los llevaban a todos esposados, excepto yo y mi hermano que mirábamos desde el frente, escondidos en la oscuridad, detrás de las cortinas semiabiertas del living. Anita miró en mi dirección, pero dudo que me haya visto.

Ahora mismo escribo esta memoria luego de haberme pegado una cachetada. Tengo ya treinta años, escucho Tool, bebo, me encierro. Me masturbo pero no acabo. Ella no está jugando conmigo. ¿Y del diario comunista? Solo reservo las copias antiguas que me regaló Anita días antes de verla por última vez. 
Ahora solo sonríe en mi memoria.

martes, 23 de junio de 2015

Dejar el Taller

La escena es ésta: Chile está instalado en la final contra Argentina y entre los jugadores se auto convencen que es ésta la mejor escuadra de la historia de la selección. En los medios se habla de que el ser locales nos favorece por el fervor y la arenga que significa todo ésto, que el cagazo de Vidal fue perdonado con el 5-0 que se les propinó a los bolivianos. Pero yo no sé, tengo más tiempo para pensar en que los profesores están en paro, en que éste es uno de los años más secos desde hace cien, en el taller literario al cual que dejé de asistir por tener una visión política que me dejó espantado –sin mencionar que el guía de dicho taller no soportó mis ideas radicales, y no parecía a gusto cuando leía mis cuentos y terminaban con absoluta carencia política-; pienso en que ahora amanece a las ocho y media de la mañana, pienso en qué va a finalizar el libro La Peste de Kafka y… sí, también pienso en la poeta (no digo poetiza) que conocí en un foro de internet desde hace unas semanas. Me enamoré de tan solo leerla, pero pronto conocería sus fotos por las redes sociales y ya el oír su propia voz declamando sus versos, me llevó directo a la rebuscada soledad del baño y volví a practicar una de aquellas sesiones de onanismo quinceañero; era como volver a creer en esa pequeña y entusiasta novela Memorias de una Pulga en el Siglo XX, era volver a recordar mi entusiasmo por la adultez aun cuando ignoraba que la vida misma sería un saco de huesos amargos sin vivir.

Dijo por el chat que su nombre era Pamela, y que la mujer desnuda de la portada, donde se veía cada poro suyo, menos su rostro, era ella. Alegó, quizá lo correcto sería decir que está convencida, de que hay que atreverse con las letras, atreverse a cosas nuevas. No estuve de acuerdo en que posar así sea digno de cualquier artista que esté más preocupado por temas de estilo en prosa o versos; de hecho, ahora que lo pienso, es prostituir el arte mismo y no se diferencia en nada de la literatura que vende por lo bajo porque los vampiros son buenos y se enamoran, y tienen encuentros en un partido que es un vulgar híbrido entre fútbol y béisbol. Pero no me importó, ésta era ahora mi poeta y yo deseé a Pamela. La anhelé. La violé en mis pensamientos carentes de cualquier detalle por parte de ella. La perfección hecha poesía. Por supuesto, todas estas conclusiones de estrategia barata en ventas no se las hice saber; es más, le dije que era obvio que el arte debería tirar por esos lados.

Mi sorpresa fue saber que es de Talca, así que no hubo inconvenientes al decidir juntarnos. Después de varios cafés y de que ella me leyera una nueva camada de versos inéditos para sus lectores fieles, versos que hablaban de la valentía que deben tener los aspirantes a poetas, sobre todo los más jóvenes –conmigo oyendo y casi como viviendo el sueño del pibe-, de un modo u otro terminamos en sus sábanas. Primero fue calmada y me pidió lo mismo: suavidad. Pero tras las caricias de rigor, exigió querer sentir mi semilla dentro de suyo. Acepté. ¿Quién era yo, tan vil escritor aprovechado de su propia suerte, para negar su petición? Sus poros fueron una amalgama con los míos, y su dulce miel era absorbida por mi yo completo. Mis movimientos se tornaron torpes e infantiles. De pronto, preguntó si me gusta el fútbol; es raro, dijo, siempre que me acuesto con escritores están pendientes de la pelota.
 
—Ah no, a mí no me gusta. Me preocupan otras cosas. 
 
—¿Entonces no me piensas meter ningún gol aprovechando que somos locales? –su cara lasciva se activó con ojos de fuego, y yo en ese momento quise ser un crack. 
 
 
Fueron varios los goles que metí ese día. Ha pasado poco tiempo y todavía me recuerdo gritando por mi patria; yo, que soy el menos identificado con lo suyo. Yo, que soy el menos deportista. Ahora, cada vez que leo mi prosa me parece más y más pobre, y cada vez que estoy con ella soy más y más futbolista.



domingo, 14 de junio de 2015

Sombras


*Relato inspirado en la ilustración de Ana Oyanadel, parte del desafío Imago Hallucigenia.

Capítulo 1
Insomnio

Las miradas que le dirigían eran de morbo, vulgares, algunas sinceras y otras tantas vacías. Era en estas últimas en las cuales se detenía a pensar, aunque fuese sólo durante un segundo, qué los traía allí. Pero alcanzaba de sobra para calcular un puñado de razones y terminar confundiéndose. «Lárguense ya —pensaba—. Lárguense» Y mientras continuaba avanzando, el dolor se acrecentaba. Había perdido a su mujer, debía estar solo cuando visitase su cadáver inerte. Las presencias de todos eran como una daga en una herida abierta que se había producido el día anterior. Cuando por fin llegó a un costado del féretro, sintió que el corazón le latía bruscamente. Buscó rostros pero todas eran expresiones vacías. ¿Quiénes eran el resto de todos ellos? Se vio en un jardín de un terrible verdoscuro, con forma de un ovalado monte, y él estaba justo en su punto más alto. Una lágrima de desesperanza bajó a través de su mejilla izquierda, recorriendo cada uno de los poros abiertos, para finalmente sembrar semilla en el suelo viejo. Una repentina ráfaga; el viento silbó una canción negra y, con fuerza, le golpeó de costado. Sin notarlo el cielo se tornó gris y pronto cayeron las primeras gotas. Eran suaves, pero eran hielo. Eran… muerte. Sufrió sensación de vértigo de repente, cuando miró hacia abajo: volaba a una velocidad que era imposible de controlar. Sólo entonces se aferró del cajón con las dos manos, justo cuando cada uno de los presentes apuntaba en dirección hacia arriba. Murmuraban cosas que no podía oír. Entonces miró él también: llamas. Oscuridad mezclada con nubes grises con formas humanoides, pero deformes. Algunas se caracterizaban por tener claros sentimientos retratados. Una de las nubes llamó su atención, poseía una sonrisa que conocía de memoria, por años. Una sonrisa femenina hermosa, aquellos labios eran como un viejo recuerdo amargo. «Ahora lo odio». Entonces, sintió el frío contacto de dos tenazas que tomaban sus brazos con fuerza inhumana. Eran sucios, con humedad y barro mezclados. Repugnaba el olor a carne muerta que violaba las ventanas de su nariz, queriendo entrar una y otra vez. Y entonces sucedió: aquellas tenazas se convirtieron en dos brazos delgados y pálidos que lo forzaron caer en dirección al cadáver. Sólo cuando estuvo muy cerca, a unos cuantos centímetros, pudo reconocer ese par de ojos ominosos que tanto amaba.

  Podía ver las calles a través de las ventanas. Las luces de los automóviles se filtraban a través de las correderas parpadeando, rojas, blancas, brillantes… el ruido ambiente de la ciudad en las alturas resultaba más molesto, incluso, que seis mil pies más abajo, donde convivía todo mal afortunado que, o bien no conseguía un trabajo, o simplemente no tuvo el dinero suficiente para pagar un alquiler en las alturas. Le llamaban el Segundo Nivel. La «mierda respirable». En cierto sentido tenían razón; si bien el smog latía como una máquina viva, la basura y los residuos que venían de más arriba sólo mantenían a la gente capaz de entender que sus propiedades eran habitables, pero rodeados de sobras.
  Un vehículo transporte pasó volando a toda velocidad a un costado de su apartamento. Carlos pudo sentir vibrar todos sus antiquismos: libros de papel y portadas apenas visibles, de temas tan poco relevantes ya como la ciencia, física, antropología y novelas de todo tipo. Muchas de ellas las ocupaba para doble función: algunas servían de soporte para la mesa de centro que cojeaba de una pata metálica, y otras de hileras largas para finalmente acomodar un candelabro que, a su vez, siempre tenía un incienso prendido. Beca, la amiga que tenía desde hace tres meses, siempre se sorprendía del desorden, pero todavía más de la cantidad de objetos que había en el lugar.

  —Me pregunto qué diría la policía de todo esto —dijo, mientras prendía un cigarrillo y se ponía una bata, ocultando su desnudez. Sonrió al ver los ojos de Carlos contemplando la sinuosidad de su escote de seda. Cruzó sus piernas de piel negra. 

  —Eres tú quien me los trae —trató de ocultar su erección matutina girándose hacia la ventana trasera. Allí, en una pequeña cómoda, y justo a un costado de un cenicero de cristales verduzcos repleto de colillas negras, había un libro pequeño, negro como el espacio. No contenía ningún título.

  —Yo no te traje ése —Beca se puso detrás de él, tomándolo por los hombros, dándole un masaje—. Vamos, ¿no quieres relajarte?

  «Es una biblia…» Sin medida, escapó de las garras de la mujer. «Después de todo es una puta. Una amiga, pero una puta» No podía decirle qué libro era aquel, o entonces sí tendría problemas. El Dios de la humanidad antiguo había desaparecido. Hoy, sólo existía la verdadera verdad, aquella que indicaba Cerberus: «un Dios no es más que quien tiene el poder suficiente para implantar vida en un cuerpo o un objeto. Y el poder era dinero». La religión no era más que otro software obsoleto, la fe era lo que dictaban las compañías que estaban en las estaciones espaciales, en otros planetas. Lejos de todos ellos. Si el hombre encontró la forma de crear vida inteligente, entonces eran Dioses. Y si esta vida eran cyborgs que fuesen capaces de amar, de sentir, mentir y tener voluntad…eran Dioses. Todo dependía de quien tenía más deseos de serlo. «Y sin embargo…» 

  Se despidió con un gesto cualquiera de ella. Debía ir a trabajar. 

  Carlos era un psicólogo paranormal. Escribía una pequeña columna que aparecía todos los lunes en el periódico «La Información Actualizada» Le pagaban poco, pero le alcanzaba para comer, pagar el alquiler y darse lujos como acostarse con Beca. 

  Mientras viajaba en el vehículo, oía en la radio al tipo que daba el pronóstico. Era más de lo mismo; todos los días llovía y era un calco del mes anterior. La tonada de una canción sin voz comenzó a sonar, era un blues actual. De pronto pensó en Renée; llevaba casi la mitad del año con el mismo paciente. 

  —Aire acondicionado —dijo al vehículo, al tiempo que el sudor desaparecía de sus poros—. Piloto automático —. Tomó la ficha que cargaba en su maletín y lo miró una vez más, mientras el mudo aire acariciaba sus mejillas. Había tomado tantas veces aquel documento, que tenía memorizada cada letra.

REGISTRO PACIENTE : RENÉE 
FECHA CREACIÓN : DESCONOCIDA
MODELO : DESCONOCIDO
FECHA INGRESO : 27 SEPT. 3096
STATUS EXPEDIENTE : ACTIVO
DEFECTO : DEMENCIA

  Lo cierto es que a la compañía le gustaba llamar por «defecto» a lo que consideraban podía ser un progreso, otro paso más en los avances de la ciencia. Si un físico loco decía en la red que encontró la forma de viajar a la velocidad de la luz, lo buscaban y lo apresaban. Sin embargo, corría el rumor de que los cyborgs más inteligentes estaban muy cerca de lograr aquel cometido. ¿Cuál era el problema, entonces, con Renée? ¿Hacer pública su fe? Carlos tragó saliva. Si él hiciera lo mismo lo asesinarían. «Sólo a los cyborgs los dejan vivos… y por un tiempo» Renée era el tercer caso que, en resumen, era clasificado como un defecto demencial. El último de ellos había cometido suicidio hacía ya más de treinta años. Carlos temía por su paciente. ¿Y si tomaba la misma decisión? Se preguntaba si ellos sentían miedo, si dudaban un segundo el optar por eliminarse por cuenta propia. «Idiota, claro que no lo sienten» Algunos nacían humanos ordinarios y otros pretendían serlo.

  Volvió a tomar el manubrio del vehículo y se detuvo en un semáforo en rojo de tres minutos. Una nave de carga bajó de las nubes y desapareció detrás del edificio que tenía frente a sus ojos. Una bocina lo apuró desde atrás, el semáforo ya indicaba el verde. El tipo de la radio volvió con su voz, esta vez indicando que habría una subasta de piezas sueltas de robots de cuarta generación en el mercado norte. 

  Carlos se perdió en la carretera con su infinito tráfico.




Capítulo 2 
Recon

INSTITUCIÓN MENTAL
DE LIMA

Cuando bajó de su automóvil se dirigió a aquel edificio monstruoso, de enormes formas, en donde todo resultaba ser un monumento. Un hombre de completo traje negro lo esperaba justo en la puerta principal. Su cabellera comenzaba a mostrar las primeras canas, pero parecían tempraneras respecto a sus juveniles facciones. Como era su costumbre, traía anteojos. Siempre traía anteojos. Un paraguas que mantenía a media altura lo protegía de los chubascos que se intensificaban todavía más.

  —Carlos —saludó el hombre, y ofreció su mano abierta con guantes de cuero negro y lustroso, casi tanto como sus zapatos—. ¿Malos sueños otra vez?

  Asintió, mintiendo. Le incomodó hacerlo. Casi tanto como tener que responder el saludo con su mano, de vuelta. Lo cierto es que Beca demandaba mucho esfuerzo físico las noches que dormían juntos. 

  Su compañero se dirigió al costado izquierdo de la entrada, una cabina transparente donde, en el piso, había pies dibujados con líneas rojas. Se paró justo ahí y jaló de una palanca en dirección diagonal hacia él. Entonces, se abrió un pequeño interruptor y acercó su rostro. Dos luces tipo infrarrojo se paseaban frente a su piel blanca, casi como danzando entre ellas. Una voz robótica le indicó que se quedase quieto y no pestañase, el hombre obedeció. Una delgada aguja, de unos cinco centímetros, se asomó del mismo interruptor y se clavó completa en su ojo izquierdo. La misma voz de antes ordenó saber la autenticidad del hombre.
  —Agente especial, psicólogo forense Balthazar. Número de placa 8726368—4.

  Las puertas se abrieron frente a Carlos, al mismo tiempo que Balthazar caminaba a paso seguro hacia él. Éste le dedicó una sonrisa vacía. A ratos se le olvidaba que era otro cyborg más, pero volvía a la realidad en ocasiones como ésta.

  Dentro del recinto había tantos pasillos que Carlos nunca se tomó molestia de memorizarlos. Le llamaba la atención que todo fuera blanco, iluminado, lechoso. Un guardia de piel negra le pidió que ingresara su firma y le dio un documento de visitante. Se lo colgó al cuello. Sabía que eran permisos para trabajadores externos al instituto, funcionaba casi como horarios de visita para las esposas de los reos cualquier cárcel vulgar. No pudo evitar mirar a su compañero de reojo; su presencia resultaba ser tan inútil como necesaria.

  —¿Cuántas veces ya vino a ver a este paciente, doctor? —La pregunta de Balthazar venía acompañada con tono vulgar. «¿Será posible que sepa que es más útil que innecesario?»

  Le incomodó ver su sonrisa.

  —Veintinueve —reconoció al fin. 

  Siguieron en dirección a la zona D, a paso lento.

  —¿Y le siguen llamando visita con aquél permiso que carga? —bufó—Insensatos.




Capítulo 3
Renée

La zona D, apodada para los pacientes Determinantes, era exclusiva de usos científicos por su interés a la posibilidad que tenían los cyborgs de volverse locos. El gobierno puso especial atención cuando el primero de ellos decidió arrancarse sus propios dedos, para luego escupirlos. En el reporte final se dijo que el paciente padecía una enfermedad llamada esquizofrenia eterna, cosa que los seres humanos ordinarios no padecían. El trabajo de Carlos consistía en asistir al paciente, de forma que mostrara una evolución, fuese positiva o no. Hasta ahora sólo había anotado conjeturas. La cyborg Renée no era comunicativa, o —al menos— no resultaba expresiva. Balthazar estaba ahí desde las últimas tres visitas. Por orden del gobierno debía implantar la muerte en el cerebro de la mujer, en caso de que no mostrase resultado alguno. 

 Cada celda tenía sus barrotes gruesos electrificados y resultaban oscuras, con luces intermitentes que apenas evidenciaban la presencia de los sujetos. Un día, en los baños para humanos ordinarios, uno de los tipos encargados en reducir a los pacientes cuando sufrían ataques de histeria, pareció divertirse a medida que le contaba mientras meaba, a modo de anécdota, el cómo funcionaban ciertas cosas que, a una visita cualquiera, se le podrían pasar desapercibidas. 

 —Si tiene un poco de cuidado, notará que apenas los alimentan. Todos acá quieren terminar rápido el día, carajo. ¿Quién se siente cómodo por las noches acá, con estos monstruos? Apenas estamos seguros si están dentro de sus celdas, ¿y sabe? —le hizo un gesto, indicándole que se acercara. El hombre bajó la voz—: no nos importa. De todas formas nadie puede decir qué cosas puede hacer un enfermo de la cabeza. —Tras encogerse de hombros, se esfumó.

 «Yo también tendría cuidado —pensó Carlos—, pero de lo que voy a hacer» Dos hombres resguardaban la celda de la mujer cyborg. Al ver que Carlos y Balthazar se acercaban, se pusieron de pie de inmediato. 

  —Señores —la formalidad de Balthazar nunca terminaba de sorprenderlo—. No creo que nos hayan presentado.

  Cada semana había guardias distintos allí. Quizás se debía a que, los administradores, con su infinita sabiduría, pensaban que entre más atentos estuvieran al trabajo sus empleados, y menos se comunicaran entre ellos, mejor. Estos dos eran casi de la misma estatura, pero uno era más delgado que otro. Estaban serios como roca. El más gordo alcanzó el carnet de permiso de Carlos, que le colgaba del cuello, leyó el nombre con imprudencia y luego le dedicó una mirada. El doctor Carlos García se limitó a inventar un gesto parecido a una sonrisa con sus labios. Luego miraron a su compañero.

  —No me miren a mí, ¿eh? No, no, no. Yo ya pasé por todas las pruebas allá afuera. ¿Recuerdan?

  —Treinta minutos —fue todo lo que dijo el otro guardia.

  En una pantalla transparente se prendió un cronómetro que ya marcaba el tiempo.



Capítulo 4
Manos

  —¿Alguna vez le dijeron por qué nos llaman Determinantes, doctor? —la voz de Renée era profunda y clara a la vez. Su tono resultaba particularmente hipnotizador. Vestía con una túnica larga y blanca, sin mangas, que le llegaba hasta los tobillos pequeños. Su senos estaban marcados por la tela pegada a la piel, y sus pezones se mostraban, sinvergüenza, duros como la piedra. Sus zapatos eran de algodón, por lo que sus pasos resultaban mudos. Su pelo era rojo como el fuego, lo traía desordenado. Siempre hubiese querido conocer sus muslos, Carlos no podía negar el interés, pero se lo impedía su relación doctor—paciente. 

  —No.

  —El motivo principal es que a los dos anteriores productos los utilizaban para propósitos bélicos. A mí, en cambio, todo lo que puedo ofrecer es un mar de dudas. ¿Podría resultar, entonces, determinante para guerra alguna? Piensan que mi lunatismo llegó a niveles ilimitados.

  «Es una maldita máquina —se esforzaba en convencerse—, no es más que un pedazo de lata»

  —Entonces ¿todo lo que hemos venido haciendo hasta ahora lo doy por perdido?

  —¿Perdido? —la mujer frunció el ceño— Tiene preguntas, doctor. Yo brindo respuestas.

  —Persianas —dijo Balthazar, tratando de no interrumpir. Éstas bajaron mecánicamente y, de pronto se vieron sólo los tres en la habitación, sin las miradas ajenas de los guardias. Parecía como si habitaran un mundo vacío en donde nadie los molestaría y, pese a todo, el reloj seguía latente en el pensamiento de Carlos.

  Quedaron casi en completa oscuridad, pero el agente especial Balthazar había cumplido con llevar un pequeño candelabro, con tres velas, una más alta que la otra, siguiendo las indicaciones de Renée, días atrás. Carlos se sintió aliviado cuando vio que su compañero lo sacaba de la mochila. Aparte de encender las velas, el cyborg también encendió un cigarrillo. Hacía tiempo que el humano ordinario había perdido la costumbre, ahora lo hacían otros «… y Beca». 

  Un olor dulce que purificaba el aire. Carlos, conocía aquel perfume, le recordaba su niñez, los bosques… Pero el verde natural ya casi no existía hoy en día. La maquinaria y la tecnología no daban paso a lujos como la hierba natural.

  —Su PDA —recordó Balthazar. Carlos buscó debajo de la suela de su zapato izquierdo, entonces abrió y retiró una pequeña pieza cuadrada de material sintético. Una baratija.

  Y entonces comenzó todo. 

  —Ésta es la voz del doctor Carlos García —le sorprendió la capacidad con que Balthazar podía imitar su voz, pero lo estaba haciendo; frente a sus ojos—. Se comienza la sesión número treinta de la paciente Renée.

  Tras toser Balthazar, Carlos retomó:

  —Quiero que responda las siguientes preguntas. ¿Es usted la cyborg Renée, quien ha sido públicamente creyente del Dios antiguo? 

  —Sí —dijo ella, con voz alta, acercándose a la grabadora de la PDA.

 —Ahora —susurró Carlos, y su compañero se volvió hacia la entrada de la celda. Golpeó la puerta. Los guardias se aparecieron frente a todos ellos y, sin más, Balthazar dejó inconsciente a uno de un único golpe en el estómago. Justo en el momento en que el otro guardia intentaba comunicarse desesperado por el intercomunicador más cercano, el cyborg desprendió la luma electrificada de su pierna derecha y le dio una pequeña descarga en el cuello. Cuando iba cayendo, Balthazar lo tomó con sus brazos. Sólo entonces guiñó un ojo a Carlos y sonrió, presionó un botón y las puertas se cerraron. Sólo era Carlos y Renée. Un humano frente a quien pretendía serlo.

  La pequeña vela seguía allí, pálida, casi ausente, pero necesaria. El silencio era mortal. El aire agradable. 

  —Tiene usted todo lo que me pidió —dijo Carlos, al fin. Ella asintió, y le indicó que se sentara en frente, en la pequeña mesa que estaba justo en medio de la sala. Él no pudo evitar pensar que más parecía una sala corriente que una celda.

  Ya preparados, ella tomó sus manos. Carlos notó que eran pálidas, blancas como la leche y encima padecían de una palidez inusual. Podía ver sus venas azules latir por sobre su piel. Quiso apartar, pero Renée lo tomó con presteza. Le costaba trabajo mirarla a los ojos como ella había pedido, pero una vez escuchó su voz tomó el valor. Eran ojos hermosos, de infinita profundidad. No pudo determinar si eran verdes o azules, o quizá ella los cambiaba a conveniencia. De todas las veces que le dio visita nunca se detuvo a mirarlos directamente. Lo que sentía era miedo, ¿cómo no tenerlo si la habían clasificado como demente? Nunca en sus años de carrera conoció a ninguno. Y no estaba tan seguro de que esta mujer que tenía enfrente lo fuese. Renée alegaba haber descubierto en ella la capacidad para aventurarse a otras realidades, otras verdades. Desde entonces, Carlos buscó a un tipo que lo ayudase a pasar por alto la seguridad de la Institución con la ayuda de falsificación de voz. Ahora mismo, ese tipo, el cyborg Balthazar, se encontraba afuera todavía usando su PDA, rellenando preguntas y respuestas. Poco le interesaba la fe, pero eran amigos desde el día en que bebieron cerveza barata. A Balthazar le encantó…

  La forma en que Renée podía hacer uso de su capacidad resultaba sencilla: sólo debía tomar sus manos. 

  —Ahora cierre sus ojos —indicó ella—; siga el camino de mi voz…

  Era suave… eterna… profunda…

  —No deje de oírme —continuó—. Repita tras de mí. Diez…

  —Diez…

  —Nueve… 

  Su voz era tan bella como insoportable.

  —Nueve…

  —Ocho… 

  «Aterradora…»

El mundo fue gris otra vez. Se encontró caminando en un cementerio. El pasto estaba recortado de manera imperfecta. Descalzo, se acercaba al féretro que estaba bajo un pequeño techo. Las miradas de desconocidos lo seguían. ¿Quiénes eran todos ellos? «Demonios, son demonios, son…» Tomó una bocanada de aire. A cada paso, el cajón se alejaba. Comenzó a correr tras él, pero el cajón corría, se burlaba. Entonces se detuvo. Miró a su alrededor y notó que, al final, una iglesia antigua exhibía sus maderas desgastadas. Era única, lujosa, pero anciana, con su polvo inacabable. Sintió que una mirada conocida lo perseguía y encontró la presencia de la cyborg mujer, pero vestía como todos los demás. Ahora ella indicaba en dirección al féretro. Volvió a correr en ésa dirección y, en ésta ocasión, sí pudo alcanzarlo. Quiso agradecerle, pero había desaparecido. Puso entonces sus dos manos en la madera y se silenció todo. Todo y todos eran mudos. Excepto… dos tenazas lo tomaron del brazo. Las conocía muy bien. Venían desde dentro del cajón. Manos con sangre coagulada y negra, podrida; manos de piel casi transparente. Manos que lo absorbían. Pudo ver el rostro de Renée, en el fondo. Estaba arrugada, se desintegraba. 

  «¡Despiértame!»

  Carlos intentaba golpearla, pero la piel amortiguaba sus puños como masa, de forma que estaba siendo absorbido, funcionando como arena movediza. 

  «¡Oh, Dios mío! ¡Despiértame!»

  Le faltaba el aire cuando ya la mitad de su cuerpo estaba dentro de la piel del cyborg, en el féretro. Era como un conejo siendo tragado por una serpiente.

  «¡Sácame de aquí!»

  La respiración se acabó cuando todo se volvió negro. Ya no pudo ver ni sentir más.

  —Ya puede abrir los ojos —Renée lo despertó. Carlos se encontró de espaldas en el suelo, con brazos y piernas estiradas. Se sentía vacío. Su respiración estaba agitada y el corazón le latía veloz.

  —Usted… —trataba de aclararse la voz tosiendo. El cuerpo le dolía completo. Se miró los brazos y descubrió horribles moratones y marcas notorias de dedos en ellos. «No puede ser…»

  —Sí —adivinó ella—: más que una vidente resulto ser un transmutador de sueños, los convierto en una realidad. 

  Los ojos de Carlos eran como platos que no dejaban de contemplar lo que veían.

  —Pero, no entiendo. Mi mujer…

  —Su esposa no se encontraba en parte de sus sueños. Sólo fue una conclusión errada.

  No quería creer eso. No podía creer eso. ¿Debía creer, entonces, que no existía nada después de la muerte? De pronto estaba derrotado.

  —Si tiene esa capacidad pudo haberme matado.

  —Pude —reconoció Renée, tranquila.

  La tristeza parecía tener una batalla aparte con la sorpresa y el miedo, pero ante la actitud de ella, no supo qué sentir. 

  —¿Y por qué no hacerlo? —quiso entender, no quedando conforme. 

  —Porque, después de mí, usted será el único quien siga teniendo fe. —Los ojos de Renée dejaron caer unas contenidas lágrimas—. Ahora entiendo por qué los otros dos dementes anteriores decidieron acabar con su existencia. Ya no hay razón para estar acá. Si somos una raza distinta a la humana, pero a la vez igual pudiendo sentir todo lo que el resto, ¿cuál es el propósito?

  Justo en ese momento iba entrando Balthazar a la celda. Se extrañó al ver que Carlos se recomponía, pero no dijo nada. 

  —¿Seguro que ya han terminado? —preguntó, al tiempo que apagaba la PDA— Recién van cinco minutos.

  Renée miró a Carlos y le dedicó una sonrisa fingida y bella a la vez. No quería salir del lugar.

  —El señor García se retira —se apresuró ella. Balthazar asintió.

  Cuando las puertas se cerraban, Carlos se giró para ver la figura de Renée. Estaba sentada en su pequeña cama, de costado y mirando por la pequeña ventanilla. Estaba sola, como siempre. 

 Tres días después, mientras manejaba su vehículo y se dirigía camino a su oficina, el tipo de la radio informaba de los chubascos de la tarde y también del repentino y sorpresivo suicidio del último cyborg femenino demente. «Y los dos únicos guardias de la celda aseguran no haber visto nada extraño —decía la voz—. Éste es el mundo en el que vivimos hoy por hoy, ésta es la razón por la que tenemos marchas robóticas por toda la puta ciudad. ¿¡Qué haremos señoras y señores!? ¿¡Qué haremos!?» 

  —El Dios de aquel día fui yo —se dijo Carlos, mientras recordaba que Balthazar pagó una cantidad sustancial a los dos guardias aquellos por su silencio. Al final, recordó la frase, «los dioses son los que tienen dinero, y yo tengo poder» Sonrió para sí, mirando el retrovisor. Ahora el agente especial había sido promovido.

  Cuando llegó a su lugar de trabajo pidió una cita formal para ver a Cerberus, el autollamado Dios de la Época Actual. Quería preguntar cómo es que su actual esposa, Beca, había dado a luz un hijo suyo. Estaba dispuesto a esperar unos minutos. Cuando se enteraran, seguramente, lo llamarían de vuelta.

  Fue la primera vez que Carlos García salió de la Tierra. Viajaba en una nave carguero espacial que sólo trasladaba a personal del gobierno, vip´s. Pasó de largo todas las alturas que conocía, y por un segundo, sólo por un segundo, creyó haber visto que las nubes más altas formaban un rostro demacrado, el rostro infinito de Renée. La luz del sol se apagó para adentrarse en la garganta negra del espacio. Su bebé, mitad humana mitad cyborg, le besaba los labios dejándolo baboso.

viernes, 16 de enero de 2015

El Trato de Argarhan


La Guerra había comenzado hace ya tres días. Los dos bandos parecían traer una y otra vez nuevos hombres dispuestos a luchar. Otros valientes —que creían defender algo más que el orgullo del pueblo— afrontaban sin escrúpulos lo que ellos llamaban muerte.

Los cuerpos viejos, podridos por el pasar del tiempo, comenzaban a mezclarse con los recién caídos, como una única masa de almas apagadas. Junto a ellos, la sangre que se empeñaba en alcanzar nuevas presas.


Las llamas, que ya se habían apoderado por completo de los tablones improvisados de nuevos muros en el Fuerte de Golfur, se mezclaban ahora con total simpleza con el gris irónico de las nubes que se posaban sobre el campo de batalla, como si se tratase de una hechicería.

Golfur estaba construido de tres grandes niveles, y en cada borde, los arqueros hacían relevos para ir por más flechas. Los pisos se ensanchaban contra el suelo de arena negra. Había no más de veinte valientes que tenían la misión de bajar e intentar traer de vuelta flechas, quitadas de los cuerpos ya vencidos. Unos pocos metros más adelante de ése punto, se encontraba la batalla cuerpo a cuerpo entre los soldados de Rhínen y Golfur del Sur.
Habían logrado, con mucha dificultad, adelantar sus líneas de combate en una muestra de dominio del poder.

Pero, una vez pasadas las horas, los sureños eran ahora menos del doble de los que habían salido a la lucha días antes, y el enemigo parecía no confundirse en sus propósitos, pese a la fiera lucha con que se les enfrentaban. Era posible que los Golfurianos fueran más hábiles con la espada, pero por cada enemigo que caía, otros tres enemigos llegaban.

—Señor, vamos a tener que rendirnos —decía un ya cansado Urus— ¡Es la única forma de sobrevivir!

—Levanta tu arma, soldado, y mira al frente —Argarhan, Rey del Sur, parecía respirar con dificultad también, pero aún empuñaba su enorme espada con las dos manos.

—Pero, Señor…

—¡Levanta la puta arma! ¡Debemos esperar sólo un poco más!

En algunos espacios, desde donde ya no se oían gritos, sino sólo llantos y gemidos, se podían divisar tumultos de cuerpos envueltos por barro, sudor, y desesperanza.

—¿Ves eso? —preguntó Argarhan, apuntando al cielo—. Va a caer la niebla en unos pocos instantes y sólo entonces tendremos una pequeña oportunidad de salir vivos de esto.

De pronto, se oyó una voz en el aire que versaba en un lenguaje que no era el común. Argarhan no dudó: era el Brujo andrajoso, quien le había dado su palabra de que le ayudaría cuando lo necesitase, pero sólo una única vez. No era posible verlo, pero estaba ahí: su presencia se podía sentir dentro de los corazones de cada uno de los presentes.

Una tibia brisa nació de pronto y nubes enormes se posaron frente a todos. Eran gruesas y negras y no dejaban ver a un metro delante de donde se encontraban. El Brujo había cumplido con su parte del trato.

—¡Ahora, ahora! ¡Corran! —ordenaba el rey.

Los Golfurianos no entendieron demasiado la orden, pues se encontraban aún confusos, pero hicieron caso tras la insistencia de los gritos: a ciegas, corrieron de vuelta a los muros del Fuerte de Golfur. Sólo entonces, Argarhan ordenó a los arqueros que se alistaran. Esta vez volvían a tener los carcaj llenos, pero de flechas menos estables y algunas incluso rotas.

De nuevo se oyó la voz del Brujo y la neblina se disipó. Al menos mil hombres de Rhínen estaban allá delante, parados y sorprendidos. Eran presa fácil.

Los arqueros entendieron que el plan era perfecto y, para cuando se dio la orden, sólo debían escoger a quién disparar. Era posible conseguir la victoria.

El Enemigo sabía que no podía quedarse ahí o serían aniquilados en cosa de minutos, así que emprendieron la carrera contra los mismos muros del Fuerte. Sólo unos quinientos alcanzaron a llegar; quinientos hombres que serían asesinados por el resto del batallón de los Hombres del Sur.

—Cumpliste, Brujo —dijo Argarhan con una sonrisa, mientras que el resto daba gritos de júbilo y celebración. Esposas e hijos salían al mar de muerte a lamentar las pérdidas.

—Ahora es tu turno —era la primera vez que el Brujo le hablaba de cerca. El rey pensó que el corazón le latía más lento tras haberlo oído: algo dentro de sí se calmó.

Los dos caminaron a la torre más alta del Fuerte, allí donde las estatuas de Bherian y Grerian podían ver hasta el fin del país. Entraron, entonces, a una habitación donde el silencio era infinito. Había allí una cama con sábanas de seda marrón, que en las esquinas tenía bordados de plata con formas ovaladas de conchas de mar.
La ropa andrajosa del Brujo contrastaba con la losa blanca que cubría el piso de la habitación.

Argarhan se dedicó a mirarlo un tiempo y experimentó un repentino escalofrío. Quizás fue un miedo pasajero, de aquellos que se sienten cuando los hombres ven pero no entienden.

Cada uno estaba parado a un lado de la cama, mirándose mutuamente. El Brujo se quitó la capucha y un largo pelo negro se dejó caer, reposando en su espalda. Su cara tenía finas terminaciones.

Argarhan se sintió intrigado al no comprender si era una mujer o un hombre la persona que tenía enfrente.

—Si quieres que haga esto, desnúdate.

El Brujo hizo caso y sólo cuando los pechos, redondos y blancos como la leche se asomaron, Argarhan se enteró que era una mujer. Todo este tiempo había mantenido planes y preparado estrategia de guerra con una mujer Bruja, la cual ocultaba su rostro. Pero no importaba: Golfur había resultado victorioso. Ahora, Argarhan debía cumplir su parte del trato.

Él también se desnudó. Se quitó su armadura con cuidado y la dejó caer al piso. El sonido hizo ecos y las sombras de los dos, tal como los cuerpos, se mezclaron bajo un torbellino de sudores y placer.

—Ahora dime, ¿tan incómodo te sientes de haber tenido que penetrar, después de todo, a una mujer y no a un hombre como pensabas que sucedería al comienzo de éste día? —la voz de la Bruja no era descarada, sino seria.
Argarhan le devolvió la mirada, casi tan seria como la de ella. Suspiró.

—La verdad es que es igual. No creas que no he hecho cosas impensables con tal de mantener a mis hombres con vida.

—¿Un hombre ha entrado en ti antes? —esta vez la Bruja sí sonrió y él pareció sentirse cautivado con aquella muestra de alegría.

No era necesario responder.

—Ya veo —concluyó la Bruja—: un hombre que lo entrega todo por ganar guerras —se puso de pie, llevándose una sábana para cubrir su cuerpo. Miró hacia el suelo, como recordando algo—. No te preocupes, tu secreto se irá conmigo. Cumple ahora tu parte del trato.

La hora había llegado.

Argarhan se puso de pie también, esta vez tras ella, rozándola con su pecho. La Bruja gimió al tacto y cerró sus ojos. Entonces, el rey la abrazó fuerte por la espalda y la aprisionó con sus brazos que parecían crecer de manera desproporcionada. De cada uno de los poros de su piel, se asomaban vellos filosos que resplandecían ante la luz que los alcanzaba. La piel de Argarhan se fue tornando de un verde oscuro y se hizo dura, como la roca. Desde su espalda, unas especies de escamas nacieron justo al momento en que su voz cambiaba tanto, que ya no era capaz de formar palabras. Su lengua era larga ahora; se asomaba como si de un perro en celo se tratase, y sus dientes se alargaban como colmillos babosos que dejaban escapar un constante jadeo. Su cabeza se hizo alargada, y de sus ojos nacieron unas prominentes cejas que parecían cubiertas de nuevos tipos de escamas. Su cuerpo creció tres veces su tamaño normal. Su aspecto era repugnante: una especie de lagarto capaz de sostenerse a dos patas y que dejaba escapar un tufo maloliente. La sangre de la Bruja se heló.

—Sólo hazlo —dijo ella, que seguía en los brazos del rey; pero no parecía espantada, sino complacida. Entonces cerró sus ojos.

La enorme bestia volvió a aprisionarla, esta vez quebrándole los brazos y aplastándole los pechos, casi al punto de reventarlos. Con una renovada sed de sangre, quizás ocasionada por los olores propios de una mujer, la dio vuelta y la puso frente a sí. Quiso mofarse del terror de ella, pero la Bruja, pese a todo, sonreía. La bestia pareció molestarse con el gesto. Entonces, por fin, la levantó a la altura de su rostro, abrió su enorme hocico con mil y un dientes —afilados como cuchillos— y le arrancó la cabeza de una sola mordida. Mientras digería la cabeza, con la otra mano sujetaba el resto del cuerpo, del que no cesaba de brotar sangre.

El rey hizo un ruido extraño cuando vio que la sangre de la Bruja se desparramaba por su nueva piel. El hambre creció y entonces terminó de comerse aquellos brazos que había molido minutos antes. Lo que quedaba del cuerpo seguía moviéndose en el piso; espasmos repentinos de una vida ya sin vida.

Así fue que los días pasaron y el Fuerte de Golfur vivió tiempos de tranquilidad. El rey había vuelto a tomar su forma verdadera. A ratos pensaba en la Bruja. Se preguntaba qué pasaría ahora si otra guerra se presentaba, pues no la tendría a ella como arma. Pero su palabra era importante: debía cumplir con los términos que ella había impuesto. Para siempre se preguntó por qué ella buscaba la muerte.

Porque para Argarhan era así; cualquier cosa con tal de cuidar su pueblo.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Claroscuro







Está frente a mí. La botella de whisky está plantada, allí, en la mesa, y la miro de reojo, al tiempo que un escalofrío recorre mi cuerpo. La borrachera de la noche anterior sigue latente hoy, la siento en mi sangre, en el palpitar de las sienes, en mi tufo maloliente, en el calor y el tiritar de mi cuerpo. «No quiero beber más» y, sin embargo, ahí está Chivas, con voz venida de todos lados, directo a mi cabeza:
—Pero sí quieres un poco más —su sonrisa diabólica es ronca, única—. Vamos, mierda, que aún me queda un concho. Mátalo. ¡Vacíame!
Y, como atraído por un imán, destapo la botella y de ella misma bebo el pequeño sorbo. Vaciada. Ahora la culpa puede burlarse de mí, tal cual hace Chivas, o Johnnie, o alguna espumosa, rubia y helada cerveza, algo más retocado y menos dañino. Pero la culpa es igual al final. La noche anterior discutimos con mi pareja, alegó que llevaba tres días pidiéndome sexo, o que al menos besara su flor para que pudiese acabar. Hoy lo intenté, y pese a que levantó su trasero de manera tal que tenía su ano y su vagina justo frente a mi rostro, después de un par de mordidas por sus glúteos, de masturbarla y lamer sus pliegues, Chivas seguía en mi mente, burlándose. «No puedo hacerlo», dije. «Terminarás consiguiendo que lo nuestro acabe» respondió. Entonces le dije que si, al menos, se detuviera a pensar que vivo —y duermo— con monstruos en mi cabeza todos los días, quizá, podría comprender. Entonces tapó su desnudes, y la perfecta curvatura de sus senos y muslos desaparecieron bajo las sábanas. Lloré desamparado a un costado de la cama, quizá, esperando algún consuelo de su parte, pero lo que conseguí fue su mutismo. Lamenté que no quedara alcohol. Tampoco dinero. Sin entender el por qué, me largué al baño y, casi sin notarlo, sin motivo aparente, comencé a jalar el forro de mi pene. Éste comenzó a crecer lento, hasta alcanzar las dimensiones normales de toda la vida. De una excitación venida de la tristeza, comencé a sentir placer cuando la botella de Chivas Regal tomaba forma de mujer —la llevé conmigo pese a estar vacía—, y la boca de ésta se tornó en labios carnosos. Entonces ella fue directo a mi entrepierna; cada vez que mi glande entraba por la cueva, de mezcla de vidrio y suave carne de labios, mi pene se emborrachaba, mis muslos se tornaban rígidos, mis brazos estaban tensos sujetados al inodoro. Placer infinito. 


Cuando todo acabó, no hubo botella cerca, ni algún olor a alcohol —excepto el mío que, aún, quedaba de la noche anterior—, tampoco rastros de semen. Todo lo que vi fue el suelo meado por todas partes. ¿Es que había alucinado con una mujer? No, siquiera fue eso. ¿Aluciné con labios compuestos de alcohol que me daban sexo oral? ¿En qué nivel me encontraba? ¿Era esto alcoholismo o, aún peor un delirio absoluto? Pregunté a mi mujer cuánto había pasado desde aquella vez en que me negué a complacerla, pues eso daba un indicio que —justamente la noche anterior a ese día— tomé por última vez. «Cuarenta días» Respondió. Las sienes de mi cabeza palpitaron como latigazos imposibles, sufría de lagunas mentales, y tras escuchar que pasaron esos días algunas imágenes, fotografías, fui capaz de recordar: salí de un bar y tres tipos discutían algo conmigo, uno de ellos me dio un golpe con su puño justo en la ceja. Instintivamente me llevé la mano hacia esa zona, pero no había rastros ni dolor. Otra imagen: crucé la Alameda en dirección al centro de Rancagua, no miré a los costados ni tomé atención a semáforos, mientras un tipo gritaba con euforia algo que no recuerdo. Entonces ahí estaba la voz de mi mujer nuevamente, consoladora como siempre. «Dicen que si todo sale bien, tras un año podrás salir de aquí» «¿Salir de dónde?» Pregunté. «De aquí…» Con dificultad, intenté enfocar lo que fuese. Justo encima de mí, en el techo, vi luces que me cegaban. Mis brazos estaban amarrados. Desesperado, grité. «¡Enfermera!» Llamó mi mujer, y, sin demoras, llegó una mujer obesa, de pelo negro hasta los hombros y mirada seria, con tres jeringas. Antes de ser drogado y volver a dormir, mi amante verdadera, Chivas, me confesaba que me tenían aislado con camisa de fuerza. 
—Está esperando un bebé de otro hombre. Tu mujer.
—Pero eso no puede ser —dije—. Ella dijo que me ayudaría con mi problema.
—Y lo está haciendo —dijo la botella de labios complacientes—. Te trajo hasta acá porque, de otro modo, serías un saco de huesos enterrado bajo tierra.
Y en sueños, mientras me sentía limpio, vivo y puro. Aún en ese estado, en ese lugar sin nombre, volví a sentir aquella sed única, incontrolable. Chivas lo supo y se apareció.
—¿Quieres que te complazca de nuevo?
—Sí.

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*Ilustrador All Gore
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martes, 9 de diciembre de 2014

Un polvo

Justo en el limbo entre fantasía y realidad. En el momento de la realidad y de entrar en sueños, siento cerca de mi oreja una brisa ligera que acusa un movimiento con más de un propósito. De pronto, abro los ojos y. con lo poco que queda de luz en mi habitación, distingo una sucia polilla. Rebotaba y rebotaba, una y otra vez golpeándose tal puta masoquista entre mis sábanas de sudor. Las polillas son necias, pero aun con su ciega mirada, me indica que la deje en paz, es simplemente un show previo a quedarse ella dormida. Que es una vieja costumbre, dice ella. 

Compartimos la habitación, los bostezos, luego la sufrida calma y, al fin, un eterno silencio que se tradujo en estar absorbidos en largo letargo. 

Acabo de despertar. Me duché por horas, y aprovechando mis poros abiertos por el vapor, rasuré la indecente barba acumulada. Cinco pasos a la derecha. Ya estoy en la cocina y noto que el caregallo se despide de la redonda señora gárgola. Tomo un vaso. Tres cubos de hielo. Lo mezclo con dos de café y tres de azúcar. El sabor de la leche incluida me hace dar cuenta que es otra mañana más. Entonces tomo asiento, termino el café y miro hacia el techo buscando a mi amiga. Sólo quedan sus huellas y el polvillo gris de su flor. 

De seguro viene al anochecer. 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Perkin


Parte uno

Ven a mi reino y hazme sentir la amargura que llevas dentro.
Te invito a que celebremos tus errores.
A que te des cuenta
que vives con culpa.
Y te sientes así de triste...
Acá ni siquiera logras derramar lágrimas,
Y si hay, 
todas las veo rojas.

Acá todo es negro y rojo.
Huele a sal quemada. Arde.
No puedo soportarlo.
Ven, hijo mío, y cuéntame qué es de tu vida.
Ex vida.
¿Por qué te divorciaste de ella?
Ha claro, has asesinado a tu familia, luego te diste un disparo
en la boca y estas acá.
Eso tuvo que doler, ¿verdad?
Ya lo creo.
Veamos, te tengo dos misiones.
...

Cadenas o flechas.
Con las dos la bienvenida será dolorosa, así que no te tomes
Mucho tiempo en pensarlo.
...

¿Y qué pasó?
Sí claro, cadenas.
Bueno, serás mi perkin. Te daré figura de caballo negro.
Entonces te amarro y te doy azotes con cadenas.
Y como sangras mucho y mucho te quejas,
Te acaricio y te digo que sólo es la bienvenida.
No mueras ahora querido, es un largo camino hacia mi reino.

Parte dos 

De pronto, entre pastos donde todo lo completaban espinas gigantes de puntas sangrientas, aparece un joven guerrero. Su cara no indica rencor alguno, ni siquiera se muestra preocupado. Está de visita, es cierto. Pero hace muchísimo tiempo atrás, él había demostrado que ésas hubieran sido SUS tierras. Nuestro protagonista comenzó a sentirse incómodo debido a que el joven misterioso no demostraba ningún sentimiento. 

¡Ojos fijos en él! 

Cabellos largos y ondulados se dejan caer sobre sus hombros. Lleva un collar que indicaba luz entre tanta oscuridad. Y eso perturbaba a nuestro protagonista, lo ciega de tan potente energía. 

¿De dónde proviene esa fuente? ¿Quien está frente a sus ojos? 


Bueno, ¿y qué?
De todas maneras no me intrigas, pollo.
¿Ves a mi caballo con cara de hombre arrepentido?
Si, sí, sí...
Ya sé que por eso mismo estas acá parado.
Pero estas son mis tierras ¿Sabes?
Dudo que quisieras indicarme qué Diablos hacer.
Diablos, me he nombrado torpemente.
Sangre oscura, aires de polvo desolado.
Paja hirviendo de celos y rabia.

Cadenas

Éste es el servicentro del pecador ¿Sabes?
Si, sí. Ya sé que sabes.
Míralo así, hermano. Qué tal si te haces a un lado y dejamos esto así.
Entonces avanzo, y el joven misterioso se pone delante del camino.
Estas empezando a irritarme ¿Sabes?
Voy a sacar mi mejor arma para acabarte.
El terror humano que existe lo manipulo, la ignorancia.
Cada persona peca de ser ignorante.
Tomo fuerzas y utilizo el alma humana más débil, 
que resulta ser mi arma favorita.
Miles y miles de milenios bajo mi poder.
Esperando ser utilizada en un ser puro.


Parte tres

No entiendo por qué...qué ha pasado.
¿Qué es esto?
Cielo azul, huele a verde. Veo bocas formando sonrisas sobre mi cadáver.
Hay dos maneras de resolver ésto...
No, no puedo explicarlo.
Ya nunca más veré ignorantes.
Todos sabrán que existe un supremo, que cuando se decida
podrá hacerme pedazos.

El joven misterioso ha cumplido con su tarea encomendada desde más allá de la Oscuridad.

FIN 




A un Paso

Nota: de este corto relato es probable que haya nacido parte del relato No Existe el Perdón. Siendo sincero, sólo hace treinta minutos y tras revisar y estar editando viejos textos, entro en cuenta del detalle.
Paul Eric.




Sólo en su mente estaban sus nombres, los de su esposa e hija. Ahora, no era capaz de pronunciarlos; tomó la decisión de disparar en sus cabezas. Tuvo la valentía, en ese momento, pero —ahora— no se atrevía a llamarlas. Resultó curioso: en sus muchos años de servicio no se atrevió a disparar un arma. Y en éste momento estaba con escopeta en mano, pasmado, seducido e hipnotizado al ver la mezcla de sangre roja —casi negra— con colores blancuzcos y amarillentos que, en su ignorancia, dedujo como materia gris. Por delante, el rostro de su pequeña hija, era un forado de varios centímetros donde los ojos (antes de un verde claro) se mezclaban ahora con sus labios podridos y un grueso hilo de baba que no terminaba de caer en la alfombra de la habitación. 

La imagen de su mujer era completamente distinta, pues el disparo fue certero y toda perfecta facción hubo desaparecido. Sólo en el muro de colores rosados y lilas, con dibujos infantiles, quedaron las huellas del asesinato: un enorme chorro de sangre estaba por encima de todo. Un ojo estaba allá lejos, en la esquina, a un costado de la pequeña cómoda; con repugnancia reconoció que pertenecía al cadáver de su mujer. Sin embargo, con dificultad, se tragó el asco, después de todo ya estaba hecho. Sólo faltaba él. 

Tanteó el bolsillo derecho de sus pantalones de tela negro y sufrió un escalofrío que recién en ese minuto le hizo dar cuenta de lo fría que estaba la habitación. ¿Cuántas pastillas habría en la caja? No importaba, las tragaría todas. Miró los cadáveres que tenía enfrente y que, de alguna manera, quedaron lo bastante juntos como profesando su amor ante la amarga, ingrata muerte. Tuvo tiempo para pensar si sería posible que un cuerpo inerte pudiera sentir amor. Ridículo, concluyó. 

Lágrimas se dejaron caer por su rostro de barba desordenada. Se quebró, y con esa mezcla de sentimientos de culpa y temor absolutos, comenzó a tragar una a una las pastillas. Luego lo hizo de a dos, tres…

viernes, 14 de marzo de 2014

El Espejo





Ilustración por Ana Oyanadel

.
Mojó su rostro con agua fría. La nieve, que caía incesante allá afuera, ayudaba a que su cuerpo se entumeciera. John sintió como cada uno de los vellos de sus brazos se erizaban. Tomó entonces una de las muchas toallas que había en uno de los tantos tocadores de aquella mansión, y se la llevó a la cara. ¿Realmente iba a hacer lo que el señor Letter pedía? Sin darse cuenta, la toalla cayó pesada al suelo —fina baldosa de un gris oscuro, que parecía un gran diamante encerado—. Se puso de pie y vio su rostro en el espejo: parecía más demacrado que de costumbre. Más blanco que ayer, más frío que el mes anterior. Sus ojeras cansadas eran como la punta de dos cucharas derretidas. Los labios delgados estaban agrietados, rojos como la sangre de una inofensiva criatura recién nacida.

Tuvo esa sensación única de que alguien más lo miraba tras su reflejo. ¿Acaso era él mismo? «No importa» concluyó. Ya tenía puesto el delantal blanco y se acomodaba los guantes de goma. Suspiró, y se dirigió a la puerta, tras la cual esperaba Donald Letter.

Había otro hombre allí; el criado; quien había dedicado la mayor parte de su vida a los servicios del señor Letter —según había oído antes en las cercanías por los lugareños. La primera vez que había entrado a la mansión, hacía ya una semana, notó que el criado —siempre vestido de un traje de completo negro y corbatín— lo vigilaba con la mirada. No había conversación entre ellos dos salvo cuando John llegaba, en su Fleetwoon gris del cuarenta y uno: lo único que John realmente se había animado a comprar para él mismo. El resto era todo para su esposa Irene y su pequeño hijo, Johnny. Los colegas a veces le hacían bromas en el hospital sobre el antiguo Fleet. Pero él se sentía, en cierta forma, identificado con el coche, pues también tenía cuarenta y un años. 

Ahora que tenía a Donald Letter ante sus ojos, acostado en una camilla de patas de acero y soporte metálico, por alguna razón John recordó su coche. Lo imaginó en el inmenso jardín sin techo, aguantando cada uno de los gruesos copos de nieve cayéndole encima. Comparó la barba blanca de Letter con el paisaje de afuera. Era probable que no fuera, siquiera, parecida. La de su paciente resultaba aún más pálida; como la leche.

El doctor John Ridell inició el trayecto hacia el cuerpo del anciano, hacia la cirugía que había aceptado realizar, pese a que nunca antes algo como lo que estaba a punto de realizar había sido siquiera considerado por la medicina moderna.


lunes, 24 de junio de 2013

Relato corto: Marilyn

Digamos que desde hoy me convierto en una mujer que decide no volver a mentir. Días atrás, hubiera aguantado que todos me dijeran mitómana, pero hoy no. ¿Será la fría noche que me congela el alma y me pone seria? 

Pero ¿cómo puedo abstenerme de la mentira, si ahora mismo lo hago porque sé que mañana mentiré? Mentí allá arriba al permitir que pensaran en mí como mitómana, y advierto que esa palabra no es sinónimo de mentirosa. No te estoy hueviando; toma un diccionario de sinónimos. 

Ya que mi falsa abstinencia no funcionará —puedo preverlo—, intentaré, con mi abstinencia, no fumar más. ¡Sí! de seguro que esa dieta corporal que consiste, básicamente, en no matarme, pudiera funcionar. Por algunos días, pienso yo…y es que en realidad aún no he decidido si será una abstinencia por lo que queda del resto de mis días. Bueno, si es así, entonces paso. Mañana me compro una cajetilla de los duros. 

domingo, 9 de junio de 2013

Relato: Esa Costumbre

Yo iba a comenzar esta historia confesando que lo peor que pudo pasarme en la vida fue llegar a los setenta años, pero no. He decidido pasar a hablar de mi adicción de la cual, ahora, me encuentro recuperado.

He de aclarar que en mis tiempos mozos fui un galán de mucha monta y con un trabajo estable y bien remunerado. Comprenderán ustedes que no puedo aclarar en qué trabajé exactamente, ni tampoco revelaré mi nombre, aunque pueden llamarme Juan. Mi pelo no era blanco como ahora, sino de un orgulloso color negro. Sabía llevarme bien con las mujeres, que eran mi deber y pasión, y me mezclaba dentro de un círculo social en el cual se me consideraba un tipo elegante. "Vas a andar siempre bien vestido", decía Mamá cada día antes de enviarme al colegio. Pasaron cuarenta años y nunca dejé de hacerlo. Diablos, ahora mismo escribo esta confesión de corbata.
Lo más indicado, para que se me comprenda, sería empezar contando sobre cómo perdí mi virginidad. Fue esta típica mezcla de placeres desconocidos que, junto al roce, me llevaron al incontrolable primer orgasmo. Tenía trece años, pero mi Mamá veía porno así que yo entendía lo que era fornicar. Ella no sólo veía porno sino que también compraba revistas porno y novelas porno. Sé que hay gente que les llama “novelas eróticas”, pero cuando yo leía esos libros y los personajes se mezclaban en un surtido húmedo de palabras, para mi, entonces, el término era y sigue siendo porno. Pasaron un par de años y seguí durmiendo con esa chica, Paula, hasta que los dos cumplimos diecisiete años —ella era mayor por dos meses—. Acá, en este país, se dice que a esa edad eres menor de edad, pero su cuerpo y su piel decían otra cosa. Comenzamos a practicar nuestro sexo de manera furtiva y continua.

Con el paso del tiempo, mi condición de hombre me llevó a amarla. Y fue el mismo paso del tiempo el que acabó con su vida un trece de marzo. Las razones dan igual. Así como vino el amor, se me escapó de las manos para estar prisionera en un cajón maltrecho enterrado bajo la tierra húmeda que hay allá atrás, en el patio de mi casa. Era lo que ella hubiera querido, lo sé, para estar siempre a mi lado. Sé que ahora me lee junto a ustedes.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Relato corto - Especial Lovecraft Chile del Terror: El Caso de Sarah Keller

David estaba en la barra de la Taberna del Tuerto, ubicada en los suburbios de la ciudad. Después de varios días de investigación para el caso de una persona perdida, decidió tomar la noche de ese sábado y embriagarse. Sarah Keller, el nombre de la mujer que había desaparecido en extrañas circunstancias, ocupaba hoy un espacio considerable en aquel lugar del cerebro donde los detalles se mantienen vivos, como una vena latente, una zona que no parece tener otro propósito que abarcar nombres y más nombres. Lo cierto es que la dependencia de David al alcohol parecía haber desaparecido pero, como tantas veces, tenía una excusa para volver a llevar el vaso a sus labios, que ahora estaban partidos de la urgencia. Esa excusa era hoy El Caso de Sarah Keller.

Estaba sentado en la larga barra de mármol, pintada con un color barniz oscuro. No había más de veinte personas en el total de las mesas, y en la barra misma David era el único sentado. Se tomó la cabeza, como si aquello significara el típico y patético gesto para poder arrepentirse, a último momento, de no volver a tomar. El vaso de whisky en las rocas ya lo tenía frente a si, y la humedad ya había embarrado su pequeño lugar justo donde reposaban sus manos. Hacía frío y él traía poca ropa. Un trago de ese manjar podía ayudar, efectivamente, a manejar su calor corporal porque pese a los tres hielos con que había pedido el whisky, estaba acostumbrado a beberlo así. Con frío o calor el resultado era el mismo; él se mantenía abrigado al beber. Pero luego llegó la culpa sincera de todos los errores que había cometido con Evelyn, su esposa. Aún no estaban separados pero ella había comenzado a hablar con su abogado. Tres años habían bastado para entender, los dos, que el matrimonio no funcionaba. Lo cierto es que el trabajo de Evelyn de día y noche como enfermera, y su propio trabajo de periodista del Today`s Now, los mantenían alejados prácticamente durante toda la semana. Si bebía ahora, no dejaría de hacerlo por un par de horas hasta emborracharse y a la mañana siguiente la resaca sería igual que todas las que tuvo antes. Aquellos dolores de cabeza que conocía de memoria y que, de todas formas, parecía buscar de cuando en cuando. Era posible que más que un alcohólico, fuese un masoquista que buscaba un constante dolor de cabeza. Se rió de aquella idea. Por un momento pensó que su problema no era alcohol, así que instintivamente levantó el vaso de whisky barato, pero cuando estaba a punto de beberlo recordó, otra vez, a Sarah Keller. De manera instantánea sintió náuseas. Tuvo el control suficiente para acomodar el vaso, con el hielo ya mezclado con el manjar, en la aureola que había dibujado la humedad en su lugar de la barra. En ese instante escuchó una risa burlona a su lado:
—Si fuese usted me lo bebería de un sorbo.

*Ir a Chile del Terror para seguir leyendo (respectivo audiocuento)

lunes, 16 de mayo de 2011

2ª Edición de la Semana del Relato Zombi

Ya que lo organizadores del concurso, que lleva el nombre de esta entrada, permitieron que uno subiera su propio relato en cualquier plataforma, dejo acá el mío.
La manera de votar es popular; por medio de un mensaje indicando autor o el nombre de la obra. En mi caso sería R.F. Yáñez, Sacrificio. (Visitie el siguiente enlace para voto)
Gracias por su eventual voto =) (El escenario también es mío, las luces, el estadio...)






Sacrificio
Mi mujer había muerto. Mis padres, mis hermanos... todas las personas con quien alguna vez tuve relación. Todos muertos.
Ahora estábamos sólo yo, mi pequeño hijo Fernando, y un grupo de tres personas; Carla y su hermano Ramón, y una señora llamada Olivia de, al menos, sesenta años de edad. Juntos, improvisamos una especie de refugio en una de las villas nuevas de Rancagua.
Rancagua...¿Qué habrá sido de las personas allá? ¿Cómo lo habrán vivido? Si es que lo lograron, claro. Ahora la vida era un porcentaje mucho menor que la muerte. Esta vez eran los muertos los dueños del día, pero también de la noche. Y nosotros, el resto, los que debíamos acostumbrarnos al permanente terror.
—¿Mamá ahora será uno de ellos, verdad, papito?
—Sí, hijo. —respondí con la verdad. No había razón para ocultar lo que pasaría (si es que ya no había ocurrido) con su madre. Pocos días antes, vimos, Fernando y yo, cómo esas cosas andantes se peleaban por comer la poca carne que quedaba de un cadáver tirado allí, sin más, en pleno estacionamiento de un mall. Después de aquello, sumado a toda la locura que vino luego; con personas corriendo en todas direcciones huyendo de los muertos, entonces no, no podía mentir a mi hijo haciéndole creer que su mamá estaría bien, tras haber sido mordida por uno de ellos.
Olivia me miraba con una sonrisa de calma, al tiempo que mi hijo se acurrucaba en mi pecho, durmiéndose. Había llegado una cálida noche.
—Haces bien en no mentirle, ¿sabes? —dijo Olivia.
Yo no estaba tan convencido de qué tenía de bueno contar la verdad a un niño sabiendo que la mentira pudiera ser más placentera para poder dormir.
—Debemos salir de éste lugar, y pronto —dijo Ramón, interrumpiendo nuestra pequeña conversación—. En algún momento llegarán acá. Pueden olernos, ¡lo sé!
—Ellos no pueden oler, tonto —respondía su hermana—. Están muertos.
—Eso no les impide andar caminando. —dije.
No podríamos estar mucho tiempo más escondidos. Ya no quedaba comida, y el agua se había terminado el día anterior. Estábamos en pleno campo. No había un solo auto cerca. Si dejábamos su casa, no había plan más organizado que limitarse a correr.

Estoy en la portada de Wattpad

Hace poco me llegó un mensaje de uno de los administradores de Wattpad con la noticia de que una de mis obras, sacrificio, está en la SECCIÓ...